El método de la esperanza

On 14/07/2012 by Adolfo

El método de la esperanza. Notas para la Mesa redonda del II Encuentro Red eSCTS – Gijón, 23-25 de mayo de 2012.

‘Entre el desencanto y la esperanza’. Elegir un lema para un congreso es señalar un asunto de interés, y con los tiempos que corren no parece necesario dar muchas explicaciones para el tema que nos reúne. No tendremos que esforzarnos mucho para encontrar el desencanto por doquier. Sea entre los jóvenes investigadores que en esta época ven como sus carreras académicas se truncan, o más allá de la academia en cualquier contexto cotidiano donde unos y otros son testigos de cómo se les escapa entre las manos la posibilidad de una vida digna y una sociedad justa. Hoy parecen más que ajustadas que nunca aquellas palabras que Toni Negri y Felix Guatari escribieran a principios de los noventa: “la misma esperanza se ha dado a la fuga de este desesperanzado, desventurado y gris mundo”. Esta pesimista condición ha capturado el interés de algunos autores y autoras preocupados por la desesperanza que se extiende por las geografías más diversas como resultado de las reformas neoliberales. Geógrafos críticos como David Harvey han señalado de manera  iluminadora cómo la reordenación espacial y la transformación urbana que acompaña a las reformas neoliberales es la fuente de la producción de agudas desigualdades y una desesperanza creciente. Pero lo que más nos interesa en esta mesa no es dar rienda suelta a las visiones agoreras sobre el desencanto sino reservar un espacio para la segunda parte de ese lema: la esperanza. O al menos esa era la intención de esta convocatoria.

El análisis de la esperanza no le es ajeno a los STS que desde hace al menos una década han desarrollado desde la denominada sociología de las expectativas un intenso análisis de las visiones de futuro que acompañan a la tecnología. Me gustaría rescatar dos aspectos que la sociología de las expectativas nos ha enseñado: en primer lugar que lo importante de las visiones de futuro no es analizar cuán sólidas son o si se van a cumplir, sino su carácter performativo, cómo las expectativas toman parte en la producción de un cierto presente; en segundo lugar, nos ha mostrado la naturaleza material de las expectativas de futuro que son inscritas en cuerpos, artefactos y todo tipo de materiales; por ejemplo, un cordón umbilical que se deposita en un banco de tejidos, que conecta a los progenitores con su vástago, el presente con el futuro, la salud con una enfermedad potencial. Sin embargo, la sociología de las expectativas ha estado demasiado interesada por las visiones de futuro que se producen en los laboratorios y ha tendido a pensar muy habitualmente en las expectativas como consecuencia de la falta de conocimiento. En buena medida ha ignorado los contextos donde la esperanza es un asunto cotidiano, y los no especialistas, no tecnólogos o no expertos no son simples consumidores de las visiones de futuro que otros elaboran sino los hacedores y productores de esas frágiles expectativas que resultan de un esforzado trabajo.

Mucho más atenta a esos contextos y a esas otras esperanzas ha estado el trabajo de algunos geógrafos críticos y algunas antropólogas y antropólogos. Peo lo que me interesa de estos no es el análisis que realizan de la esperanza sino los efectos que tiene el encuentro de la desesperanza con la ciencia social. David Harvey, de nuevo, señalaba hace una década como uno de los grandes desafíos de la política (progresista) su incapacidad manifiesta para encontrar lo que designa como un ‘optimismo del intelecto’ que permita elaborar alternativas al desesperanzado presente en el que vivimos (Harvey, 2000: 17). Y esa crítica para la política es trasladada por él y otros autores hacia la misma ciencia social cuando señalan que ha perdido su dimensión crítica (lo que quiera que esto signifique) y ha caído en la desesperanza. Su respuesta a esa situación pasa por un giro reflexivo que encara a la propia ciencia social con la esperanza de una manera singular: hacer de la esperanza no simplemente un objeto de análisis sino un método para la producción de conocimiento.

Y ahora regreso al título de la mesa: ‘El método esperanza’, que está tomado literalmente de una obra del antropólogo de origen japonés Hirokazu Miyazaki. Miyazaki toma inspiración del filósofo alemán Ernst Bloch, autor de una de las obras magnas sobre este tema: ‘El principio esperanza’. En ella Bloch hace un encendido elogio de la esperanza como motor de la existencia cotidiana. Bloch toma a la esperanza como objeto de su indagación filosófica y se propone reformular la fundamentación de su disciplina a través de ella. Bloch considera que uno de los problemas de la filosofía es su orientación secular hacia el pasado y su interés por lo que ya ha sido. Su propuesta pasa por reorientar su disciplina hacia lo que puede ser, el futuro y “lo que todavía no es”. De manera que la esperanza pasa de ser un objeto de investigación a convertirse en un método. Un método a través del cual construir un nuevo mundo. Medio siglo después Miyazaki traslada esa propuesta a la antropología. En ‘El principio esperanza’ propone: “mirar a la esperanza como un problema metodológico, y finalmente como un método más que como un producto o momento estratégico […]  pensando a través de la esperanza como método podemos comenzar a confrontar el problema fundamental: para qué es el conocimiento” (2004: 9 t. p.).

Al pensar en la esperanza y en mi propio trabajo, o más bien nuestro trabajo (el que realizo en colaboración con Alberto Corsín), no puedo sino pensar en el 15M y en la condición dramática de quienes participan en él movidos al tiempo que mueven un intenso deseo por hacer una sociedad más justa, una ciudad distinta. El trabajo de campo etnográfico que comenzamos de manera acotada sobre un centro dedicado al arte, ciencia y tecnología en Madrid (Medialab-Prado), se ha diseminado a lo largo de los meses hacia el barrio cercano de Lavapiés hasta acabar desbordándose hacia la ciudad y dar con el 15M y su particular modo de experimentar lo urbano y practicar la ciudad. En ese recorrido nos hemos ido encontrando con otros colectivos con intereses similares a los nuestros por pensar la ciudad a través del barrio, por explorar las múltiples modalidades del espacio público, las naturaleza política de las tecnologías digitales y las nuevas formas de asociación que surgen en toda esa trama. Nuestros intereses son compartidos aunque nuestros modos de hacer y ubicaciones institucionales son muy diferentes. Pero es precisamente en esas diferencias donde hemos descubierto en ellos a los interlocutores que pueden ayudarnos a revitalizar nuestras propias prácticas epistémicas y los métodos de producción de conocimiento, elaborando nuevas metodologías para la investigación social.

Nos hemos embarcado desde hace una semanas en un proyecto que hemos llamado Hack Academy Studio, Estudio de Hackeos de la Academia. Una aserie de seminarios donde esos colectivos que se ubican al margen de la academia nos ayudan a repensar la ciudad y, sobre todos, los métodos a través de los cuales producimos conocimiento. Hackear es una figura que circula entre ellos: hackear la ciudad, hackear el espacio público o hackear el currículo académico. Siguiendo su estela nos hemos preguntado qué significaría y cómo podríamos hackear la academia. Hackear en el sentido que lo define MacKezie Ward como producir abstracciones. De la misma manera que Pekka Himannen ampliara a principios de la década pasada la categoría de hacker más allá del convencional programador de software hacia otros dominios, Ward extiende la noción del hacker a todos aquellos que elaboran abstracciones. Unas abstracciones que producen la posibilidad de nuevos futuros: “Hackear libre e ilimitadamente para crear algo nuevo no sólo produce el futuro, sino una serie posible e ilimitada de futuros. El futuro en sí como virtualidad. Cada hackeo es una expresión de la inagotable multiplicidad del futuro, de la virtualidad”.

Miyazaki dirá que pensando a través de la esperanza como método podemos comenzar a confrontar el problema fundamental: “para qué es el conocimiento”, y el geógrafo Ben Anderson proporciona una respuesta provisional en forma de otra nueva cuestión. Quizás deberíamos someter nuestra práctica académica y el conocimiento que resulta a esta prueba: “¿abre la investigación el presente para que se convierta en algo distinto? […] ¿Multiplica a partir de entones la investigación la presencia de algo mejor?” (Anderson, 2006: 706 t. p.). Hackear la academia es para nosotros un hallazgo y también un intento por abrir otros futuros posibles dentro de la academia. Un intento por buscar otros interlocutores y por desarrollar con ellos otros métodos para la producción de conocimiento. Es sólo una de la múltiples posibilidades en las que quizás podemos multiplicar la presencia de algo mejor; así que la pregunta que lanzo a la mesa es sencilla: ¿qué responsabilidad tenemos los científicos y científicas sociales para abrir el presente a algo distinto y multiplicar los futuros posibles?, ¿dónde podemos encontrar los materiales para que nuestra conocimiento multiplique la presencia de algo mejor y no señale simplemente lo mal que van las cosas?

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