Sí, me gusta escribir papers: contra el moralismo ‘antipapero’

Me gusta escribir papers, esas breves piezas de escritura científica: papers en el argot universitario o, también, artículos académicos. Esto, que debiera ser una confesión irrelevante es (permítame la hipérbole, querida lectora) un acto de heroísmo público. Así es porque el paper, o más bien escribir papers, se ha convertido (por extraño que parezca) en una fuente de descrédito entre algunos círculos de las ciencias sociales y, muy especialmente, entre académicos inclinados al activismo. Lo que podríamos llamar la facción anti-papers o antipapero emerge con fuerza en la academia.

El asunto es complicado porque el paper se ha convertido en la moneda corriente del capital simbólico y el formato por excelencia para el conocimiento académico. A través del paper se mide y calcula el valor de la contribución de conocimiento de los académicos de manera grosera: vales tanto como papers tienes (en según qué revistas los hayas publicado). Igual de problemática es la economía política del sistema editorial de la academia, monopolizado por un puñado de empresas privadas (esto merece otro texto en otro momento). Es un asunto con muchas aristas y con diferencias relevantes entre el mundo anglosajón, Europa y, por supuesto, esa academia excéntrica que es Egpaña (esto también para otro día).

Reconozco todos los problemas asociados al mundo de los papers, muchos de los cuales son responsabilidad de la dejación de la propia academia durante el último medio siglo. Pero junto a ese asunto creo relevante someter a discusión el desdén con el que se trata la práctica de la escritura de artículos académicos, tanto dentro de la universidad como fuera de ella. Una desprecio contra el paper y su escritura que raramente va acompañada de matizaciones. No se dice “escribe malos papers” o “desatiende su docencia por escribir papers” o… Hay en la reacción de los antipaperos dos aspectos concretos que merecen atención: primero el descrédito que sufre el paper como formato de conocimiento (especialmente en las ciencias sociales) y, segundo, el demérito que ocasionalmente se asocia a la actividad de escribir artículos académicos.

La crítica al formato del paper suele colocar al libro como alternativa óptima. Es cierto que el paper (ya con tres siglos y medio de antigüedad) ha desplazado al libro en ciencias sociales, pero quienes recurren a esa contraposición facilona (¿es necesaria?) parecen olvidar el enorme esfuerzo y tiempo que requiere la escritura de un libro. Ilustración del argumento: el trabajo que comencé con mi colega Alberto en 2010 está a punto de ser publicado, habrán pasado doce años cuando ese libro vea la luz. Hemos trabajado de manera sustantiva en él más de cuatro años haciendo trabajo empírico y otros cinco al menos enfrascados en la escritura. Si uno solo pudiera expresar su conocimiento en ese formato sería complicado compartir ideas, argumentos y conversaciones, algo que el paper sí permite. Curiosamente quienes hacen bandera contra los papers rara vez mencionan las restricciones de ese otro formato parecido en extensión (capítulos para libros editados): ¿será porque están sometidos a menos controles y una evaluación más laxa?  

La crítica contra el estándar breve del paper (como si un libro no estuviera estandarizado también) es especialmente llamativa en una época donde los formatos para la circulación del conocimiento se multiplican en entornos de visualidades complejas y multimodalidades heterogéneas. Me parece ver en ese desprecio una academia arcaica y perezosa, anclada en el verbocentrismo extenso del libro y con una limitada imaginación representacional. Frente a eso, los proyectos multimodales de tiempos recientes nos invitan a repensar en los múltiples modos de representación del conocimiento académico, y explorar la performatividad, inventiva y sensorialidad. Y, por qué no, el paper (con toda su tradición) entre ellos.

Lo más grave de la crítica hacia quienes escriben papers es, sin embargo, el moralismo de los antipaperos. Una superioridad moral a la que se aúpan para enjuiciar el trabajo académico de colegas y discriminar de manera grosera la buena de la mala práctica académica. Lo hacen, además, manejando estereotipos pobres: alguien que escribe papers no está comprometido políticamente (lo que eso signifique), por ejemplo. Esta es además una crítica cargada de violencia laboral cuando procede de académicos establecidos que ignoran que hacer papers es, para investigadores e investigadoras no establecidos, la única manera de conseguir una posición estable: escribir papers es también un efecto de la precarización del trabajo académico.

Reconocer los grandes problemas del sistema editorial (sus evaluaciones groseras, su economía política depredadora y su deficiente gobernanza) no es impedimento para responder a la crítica antipapera. Creo que en el fondo esta se funda en la incapacidad para reconocer el valor (y necesidad) de los múltiples formatos del conocimiento académico (los existentes y los que han venir) así como en cierta incapacidad para poner en valor el tipo de política (ontológica) de la escritura académica, esa que nos permite construir problemas y traer al mundo conceptos para hacer del mundo otro.

A mí me gusta escribir papers, me encanta. Finalizar un buen paper es una de las mayores satisfacciones de mi trabajo. Pero escribir papers no es publicar por publicar. Años atrás pensaba que debía mantener un cupo anual de publicaciones, ahora solo me interesa escribir algo de lo que pueda estar satisfecho durante largo tiempo (aunque al final nunca sea lo suficiente), esto significa que la mayor parte de las invitaciones que tengo para escribir papers o capítulos las rechazo. No escribo para mi institución sino para aquellos con quienes quiero dialogar.

Escribir papers es, para mí, comprometerse con escribir buenos papers (sobre esto, otro día más). Es una forma de entrar en un diálogo largo con quienes han escrito antes y prolongar esa conversación con quienes escribirán después. Es, en definitiva, un gesto en el que ponemos en negro sobre blanco el aprendizaje que uno ha realizado con otras. Un ejercicio en el que construimos problematizaciones con nuestras contrapartes, preguntas que persiguen alumbrar las condiciones para una vida mejor añadiendo complejidad al mundo.

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